‘Anomalisa’, flaqueza de amor

En las cosas humanas hay una marea que si se toma a tiempo conduce a la fortuna; para quien la deja pasar, el viaje de la vida se pierde en bajíos y desdichas.” (William Shakespeare, Julio César)

La vida. Todo se circunscribe a la existencia. Sus virtudes y sus males. Su despertar y su ocaso. El viaje de la vida construye, derriba, sostiene e identifica todo tipo de lugares, personas, situaciones e instantes que perviven en una memoria individual o colectiva. Anomalisa permanece firme en su defensa del interior, del intimismo, de la explicación psicológica de la soledad, del hambre del amor por devorar hasta dejar nebulosa a la misma felicidad. Charlie Kaufman concibe una de las obras cumbre de su genialidad, manifestada en su búsqueda permanente de todo aquello que sirve de respuesta a los estímulos básicos del ser humano.

La relación que Kaufman establece entre el espectador y su protagonista posiblemente sea una de las más delicadas concebidas en los últimos años. La concepción de Michael Stone en esta particular forma, alejada de los códigos convencionales, anclado a su forma y unido a su fondo como persona hacen de Anomalisa un estudio pormenorizado de las capacidades del séptimo arte para reinventar tanto a los personajes, como al espectador así como las habilidades narrativas vigentes. La última película de Kaufman es un logro en sí misma, no ya por la plasmación del lado más frío del ser sino por la naturalidad con la que afronta una complejidad psicológica manifiesta.

Michael Stone predica sobre la atención al cliente, es autor de un libro que le llevará a conocer a quien conseguirá distinguir de entre todos los seres humanos. Resulta sobrecogedora la manera en la que Kaufman dibuja ese preciso instante en el que, de entre la mayoría alienada, surge esa persona, esa mirada, ese gesto que esboza una relación entre dos personas sea de la naturaleza que sea. La equidad perturbada del ser humano, que no deja lugar a la distinción, es lo que predica un guionista empeñado siempre en demostrar que la soledad es el vehículo más primitivo de expresión de la condición humana.

El protagonista no conoce la felicidad. De haberlo hecho, pertenece a un pasado que siempre se le refrenda, de manera constante. Pero Stone no pretende caer en la alienación. No quiere pertenecer a la masa, entre la que se incluyen sus seres más allegados. Charlie Kaufman dota a Michael Stone de una personalidad fuertemente débil. La significación que de sí mismo posee se viene abajo cuando logra encontrar la distinción, la voz que le cambia la percepción natural de las cosas y le pervierte (por fortuna) en su devenir cotidiano. Una perversión que incluso llega a ser sexual, una demostración del poder del amor cuando nada más perturba en la concepción de una persona sobre otra. Un amor desnaturalizado, arrancado de sus orígenes cuando el empeño en forjar una personalidad de manera hipócrita termina con el desengaño hacía sí mismo. Tras conocer lo que Stone identifica como el verdadero amor, su vida jamás volverá a ser la misma. Kaufman juega con ello al comienzo del metraje, a sabiendas de que unas pocas palabras que surgen de una carta son suficientes para identificar la relación entre Stone y la que un día forjó el ocaso de su felicidad.

Ahora, se encuentra ante sí mismo. Plagado de dudas, perdido en una ciudad tenebrosa, a la que llega con una climatología adversa. Al asomarse a las ventanas de su habitación contempla la otra cara de la perversión, la que define la soledad. Siempre con ausencia de claridad. La luz cegadora del sol no reaparece hasta la mañana siguiente, en un ciclo similar al del protagonista. Michael Stone es, en sí mismo, un amanecer. Un ciclo solar antes de un ocaso que siempre se repite. Un hombre cuya fortuna es directamente proporcional a la profundidad de sus desdichas. El genio se pone a prueba frente al mundo, a su propio mundo. Lo analiza, lo juzga y ejerce su influjo sobre quienes dominan con suficiencia. Salve, Kaufman.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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