‘Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia’, punto ¿y aparte?

El cineasta mexicano González-Iñárritu se entrega a un ejercicio estilístico pero, fundamentalmente, al homenaje a un mito que trasciende el rostro de su protagonista. Michael Keaton, morituri te salutant.

Alejandro González-Iñárritu firma su mayor triunfo cinematográfico, un logro narrativo y técnico que destapa una total y absoluta obra maestra. Michael Keaton se vuelve a dibujar a sí mismo en la gran pantalla con un personaje basado, de manera precisa y casi milimétrica, en su propia vida, en su carrera tras la fama conseguida por el mito alado de Tim Burton, rodado allá por 1989.

Keaton, en un portentoso despliegue interpretativo, sorprende y hasta enamora. Es capaz de apasionar a los que lo han tenido durante años en el baúl de los mejores recuerdos gracias a su encarnación de aquel superhéroe imberbe, inmaduro y apocado como a aquellos que sólo han pasado de puntillas por una carrera labrada a base de mala suerte y decisiones fallidas. Michael Keaton se lanza a este espectáculo servido por el cineasta mexicano que deslumbró en Amores perros, 21 gramos o Babel. Y es que González-Iñárritu se reinventa. Y con él su cine. Un cine plagado de experimentos de montaje, de trucos narrativos y de algunas incertidumbres que no lo hicieron llegar tan lejos como se hubiera pretendido. Pero con un tema común que une, a través de una fina línea transversal, a todos los personajes de sus películas: el abandono del alma y el ocaso del espíritu.

Un falso plano secuencia hace levitar al espectador, observando y siguiendo a cada personaje en ese modo voyeur que Iñárritu activa durante dos horas de metraje. Se camina delante o detrás de unos personajes interpretados con un espectacular derroche de talento, con los rostros de Edward Norton (en un equilibrio cómico-dramático ejemplar), Emma Stone, Naomi Watts, Zach Galifianakis, Amy Ryan o Andrea Riseborough. No cabe duda de que, con semejante reparto, era imposible cometer el más mínimo fallo.

Bien es cierto que Alejandro González-Iñárritu no desarrolla nada que no se haya visto hasta el momento. Los planos-secuencia existen casi desde que se inventó la cinematografía y se comenzó a querer plasmar una historia siguiendo una lógica narrativa que ilustrase y justificase los experimentos de montaje que ya nos parecen lejanos. Sin embargo, la conjunción de elementos ha sido clave para honrar la espectacularidad sencillez de esta obra magna. Durante dos horas, se realiza un análisis pormenorizado de la situación real del cine (y por definición, de todas las artes) en la contemporaneidad. Actores sometidos a su rostro y a la fama que, en ocasiones, les da un solo personaje. Blockbusters que alimentan la industria a base de propaganda barata y destrucción de lo imaginable. Críticos de arte (cine específicamente) a los que, desde el plano artístico, se les pregunta si son conscientes de todo lo que hay detrás de la elaboración de una obra cinematográfica y se les cuestiona ese falso “poder”, socialmente aceptado, por el que ejecutan sus textos con criminales etiquetas y adjetivos que llegan a destrozar cualquier puesta en escena por muy trabajada que esté.

Usted no es actor, usted es un famoso”, se dice en algún momento del metraje. Queda claro que ya no existe el viejo concepto de `actor´. En Birdman se hace reflexionar sobre el poder del dinero, de la taquilla. Se devalúa al intérprete en favor de los efectos especiales y las redes sociales, ligadas de forma indeleble a Internet y al marketing. Ya no hay magia en el cine. Quizás por eso, Iñárritu nos traslada hasta el último resquicio de la naturalidad interpretativa: el teatro. Sobre los escenarios, un actor se desnuda en un periodo de tiempo muy determinado. No hay montaje, no hay trampa pero sí cartón. ¿Qué es la realidad pues, si desvirtuamos a quienes nos hacen desconectar de ella? Birdman traslada las cuestiones existencialistas al amor, al futuro, a la familia, a uno mismo. Michael Keaton interpreta a quien una vez, en otra época, consiguió ser un héroe dentro y fuera de la pantalla pero ahora se ve abocado a intentar traspasar la complicada frontera del día a día.

Para ello, Iñárritu recupera a Raymond Carver, representante de ese realismo denominado “sucio” por querer simplificar la narración hasta la más mínima expresión y dejar en manos del lector cualquier interpretación sobre el contexto y el subtexto. Iñárritu se completa a sí mismo y completa al espectador con una lectura superficial (a simple vista) de las bambalinas de todo aquello que representa la vida: sus éxitos, sus fracasos, sus locuras, sus decisiones, las personas que intervienen en ella. Birdman es más que un ejercicio metacinematográfico. Es la mejor teoría existencialista de la que se puede disponer y disfrutar en una sala de cine.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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