‘Boyhood’, la cuestión de la vida

La vida, narrada por Richard Linklater, cobra un nuevo sentido. El cineasta se empeña en entrar en la historia del cine por la puerta más grande que exista, con un proyecto rodado a través de doce años.

Son muchos los cineastas que han intentado capturar el paso del tiempo a través de sus películas. El mismo Linklater, a través de su trilogía protagonizada por Ethan Hawke y Julie Delpy, ha intentado transmitir las sensaciones que transfiere el lapso irremediable de la vida. François Truffaut también escogió una narración extensa, a lo largo de cinco películas rodadas entre 1959 y 1979, para dar rostro y vida a Antoine Doinel a través de distintas épocas de la existencia.

Pero Boyhood destroza el concepto temporal en la narración cinematográfica al condensar en poco más de dos horas y media doce años de vida a través de 39 días de rodaje. El único que logró exprimir la irremediable velocidad del reloj fue el ruso Nikita Mikhalkov con un proyecto perdido en el olvido titulado Anna y que recogía respuestas de su propia hija hechas durante 12 años a preguntas que bien podrían servir para definir los últimos años del régimen soviético a través de los ojos de una infancia abocada a una nueva era.

Pese a que existen corrientes que afirman que Linklater ha sido de todo menos original, las respuestas son evidentes. El paso del tiempo, las emociones ante cada momento de la vida han sido recogidas en otros proyectos a través de películas independientes unas de otras aunque con una evidente y lógica línea temporal. Sin embargo, el mayor logro del cineasta ha sido mostrar lo difuso que es el concepto que entendemos por tiempo. El portentoso trabajo de montaje, logrado en los dos años de posproducción que ha tenido la cinta, es la clave para entender la suprema importancia de una película que ha superado cualquier expectativa.

El uso de la elipsis es usado como una herramienta que, al contrario que esconder una narración que transcurre entre dos hechos, nos desata de cualquier nudo y exigencia de continuidad temporal para introducirnos en una historia cuya sencillez es absolutamente arrebatadora. Linklater, lejos de cualquier ínfula de autoría o sentimiento de pretenciosidad, entrega una obra que ya es parte de la historia del Cine. Con elementos muy característicos de su trabajo hasta el momento, el cineasta se mueve con la cámara tal y como lo haría en Antes del amanecer y nos hace escuchar un playlist que comienza con Yellow de Coldplay y finaliza con Deep Blue de Arcade Fire. Las emociones que recoge la película incluyen hasta elementos propios de cada etapa por la que deambula el personaje de un inmenso Ellar Coltrane. Videoconsolas, discos (portentoso es el Black Album de Beatles que Ethan Hawke le regala a su hijo y que no resume la época post-Beatles sino el comienzo de una nueva forma de hacer música tras su separación, de nuevo una reinterpretación del paso del tiempo y sus consecuencias), forma de vestir y costumbres. Todo va cambiando conforme pasan los años. Observar ese transcurrir en una película de 170 minutos es todo un logro técnico y narrativo. Eso es absolutamente indiscutible.

Aquí no hay maquillaje ni efectos especiales. Es la vida frente a la existencia. El tiempo frente al hecho. El trato de una infancia plagada de cambios, una juventud de iniciación y un futuro próspero que Mason, el protagonista, confía en vivir a partir del momento en que entra en la universidad y lo vemos convertirse en adulto, casi como si fuera parte de nosotros, nuestra propia criatura. Boyhood, si por algo puede convertirse también en una obra tan diferente, es porque Linklater no incluye ningún conflicto más allá de la mala suerte que Patricia Arquette tiene con los hombres que escoge. La película se presta a ofrecer consejos paternales, a errar en las decisiones, a asumir las consecuencias de los actos pero sin juzgar ninguno de los hechos que, a todas luces, pueden ser objeto del eje dramático de la trama.

Boyhood es una obra clave en el cine contemporáneo. Richard Linklater ha conseguido captar en un mismo metraje lo que tantos han intentado. Sin embargo, sólo el cineasta norteamericano ha conseguido dejar boquiabierto a medio mundo con la misma contundencia con la que es capaz de contar la más sencilla y hermosa de las historias. Todo un logro al alcance de muy pocos.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)