‘Carol’, las miradas del amor

Todd Haynes vuelve a enamorar. Al espectador y a las protagonistas. Con un uso ejemplar del cromatismo, vuelve a ser heredero directo de aquellas historias que hicieron del cine norteamericano un auténtico compendio de clásicos.

Todd Haynes. Cate Blanchett. Rooney Mara. Nada puede conducir al equívoco. El primero de los nombres responde a uno de los cineastas con una de las voces más particulares dentro de Hollywood. Sus trabajos, plagados de referencias expresas al clasicismo norteamericano de los años 30 y 40, le han llevado a ser considerado como un realizador nostálgico de una época cubierta de maestría y gloria. Blanchett, por su parte, ha conseguido erigirse como uno de los nombres propios de la interpretación en una generación incontestable. La frialdad de sus gestos combina con la calidez de una mirada que desprende, de manera constante, una irrefrenable tranquilidad. Posteriormente, Rooney Mara. La versatilidad de la joven actriz es directamente proporcional a la implicación profesional con sus personajes, siendo sus recreaciones más recordadas las realizadas en La red social (David Fincher, 2010) y Los hombres que no amaban a las mujeres (David Fincher, 2012).

Haynes conjuga el talento y prosigue su especialización en el tratamiento de la mujer en la gran pantalla. Tras Lejos del cielo, el cineasta se entrega a una historia de una valentía incuestionable nacida de las líneas de Patricia Highsmith. La obra original, titulada originariamente El precio de la sal y publicada bajo seudónimo, ponía sobre la mesa un amor homosexual entre dos mujeres pertenecientes a distintas generaciones y clases sociales. Haynes trabaja la esencia que Highsmith, en su ocasional insuficiencia narrativa, plasmó en una de sus obras más ortodoxas. Podría decirse que el director llega a superar, en determinados momentos, la implicación emocional de sus protagonistas tal y como la autora la concibió.

Uno de las claves para entender la trascendencia de la película la posee Edward Lachman, quien con su fotografía construye un ejercicio retrospectivo de cinematografía, conjugando la imposibilidad de un amor prohibido con la puesta en escena devolviendo la mirada de sus protagonistas a través del uso magistral de los cristales. La transparencia propuesta por el material no puede evitar la imposibilidad física del roce. No se había vuelto a ver un ejercicio similar desde El pasado (Ashgar Farhadi, 2013), cuando el cineasta iraní decide comenzar su película dejando que los protagonistas interactúen a través de la cristalera de un aeropuerto. Ninguno de los dos puede rozarse. Apenas pueden escucharse el uno al otro. Pero las miradas matan. Y ocasionalmente, también hablan.

Carol se construye sobre la base de la prohibición. Pero evita juzgar a sus protagonistas. Haynes y Lachman envuelven a Carol y Terry en el oscurantismo de la época. Prescinden de la obviedad que hubiera supuesto ensalzarlas y redimir socialmente sus actos. El amor que demuestran las dos protagonistas se encuentra limitado por las convenciones y la moral de una sociedad edificada por ideales a cual más absurdo. La privación de la libertad como fundamento principal para una película que ahoga en el tenebrismo a sus protagonistas, ocultándolas de un mundo que no comprende nada. O que no está preparado para hacerlo.

Todd Haynes construye una obra definitoria de su propio cine. La búsqueda de la sexualidad, el manierismo cinematográfico al que somete sus producciones, la sencillez y uniformidad con la que desgrana cualquier narración. Todo ello confiere a Haynes de un ajustado y merecido significado que confiere de una particular voz a una cinematografía particular, indivisible, que merece ser comprendida como conjunto evitando las consideraciones individuales. Carol labra su condición mientras es elevada al concepto mismo del más puro cine.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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