Netflix estrena Malcolm & Marie, la última propuesta de Sam Levinson (Euphoria), rodada durante el confinamiento en Estados Unidos y protagonizada por John David Washington y Zendaya.

Malcolm & Marie bien podría pasar por una historia de amor de tantas que el cine ha dibujado en su multiplicidad de formas. Desde los orígenes del séptimo arte, este tipo de cuestiones han abordado, sin atender a las influencias de las que proceden o a las consecuencias que de ellas se derivan, gran parte de la producción durante décadas. Han ensalzado a autores, han contribuido a desarrollar toda una suerte de géneros y afluentes a través de los cuales se han vertido ríos de sangre, sudor y lágrimas.

Es precisamente a esta cuestión a la que atiende Sam Levinson en su nuevo trabajo. Para la ocasión, decide prescindir de cualquier parecido (formal) con la obra que lo ha colocado en el mapa del universo audiovisual a nivel global: la serie de HBO Euphoria. Aquí no hay un uso magmático del color como elemento vertebrador (entre muchos otros, valga la obviedad) de las diferentes tramas de las que se nutre la primera temporada y los dos capítulos especiales que sirven de puente hacia la continuación natural de la ficción. En Malcolm & Marie Levinson desnuda a sus protagonistas y los coloca frente a un diáfano blanco y negro. Aséptico, uniforme. Pero profundamente violento, apasionado y vehemente. El director mira al arte que está ejecutando. Y, desde su posición, crea una reflexión acertada, poderosa y brillante sobre el mismo cine. Para ello, abre el cuadro, coloca a sus personajes distribuidos en un clarificador 1:85 y se sirve de una Arriflex con un 35mm de la que brota el mismísimo cine.

Malcolm & Marie posee diferentes lecturas a varios niveles. Que es una visión personal de Levinson (no por casualidad es hijo de uno de los grandes realizadores del cine norteamericano) acerca del arte cinematográfico es indudable. Y, para ello, deconstruye la teoría del cine en la afilada verborrea de sus dos protagonistas. Un castillo de naipes en permanente destrucción. Una construcción debilitada que va rehabilitándose con un par de ladrillos que cubran la mitad del muro caído. Y vuelta a empezar. Se trata de un partido de tenis, donde la pelota permanece unos pocos minutos en el campo propio antes de lanzarla con fuerza al enemigo y que este vuelva a poseerla otros tantos. La verdad. La realidad. Convertida en una pelota de tenis. Verde, delicada, aterciopelada. Pero que nadie quiere sostener demasiado tiempo. Porque su peso, el peso de la verdad, es completamente insostenible.

Dividida en varios capítulos, que se van sucediendo conforme una serie de piezas musicales van sonando en la película, Malcolm & Marie va transigiendo en su labor de explicar qué significa, no el cine, sino todo lo que de ello nace y lo que a él se dirige. A lo largo de la película, el director y guionista concede unos pocos segundos de respiro. El desgarrado tiro vocal de James Brown, la maestría de Duke Ellington junto al saxo de Coltrane, La profundidad de William Bell. Los boleros de Frankie Reyes. La magia de Dionne Warwick. Y la extrema contemporaneidad de Nnamdï y Outkast. Todos ellos van perfilando estados emocionales, acompañan al espectador en su receso antes de volver al fragor de la batalla, al volumen de la riña. A la tempestad previa a la calma. A la calma que hace suya la tempestad.

Resulta esclarecedor todo el discurso que mantiene el personaje de John David Washington, un director que con su primera película obtiene unas críticas positivas que tachan su debut de “obra maestra” hacia delante. Sin embargo, la reflexión no es, ni de lejos, esta. Se confiere al ejercicio de la crítica cinematográfica de un aura de impostada hipocresía, de subjetividad mal entendida y de análisis desacertados sobre cuestiones que, en ninguno de los casos, afectan a la propia obra en sí.

No han sido pocos los directores, los cineastas, que han encontrado en la prensa un enemigo. Y con razón. No se juzgan los tipos de planos utilizados, el carácter de las interpretaciones para con la trama, las cámaras utilizadas, el tipo de película. En definitiva, un análisis objetivo de lo que ha supuesto rodar la obra que se acaba de ver. Con sus dificultades y su problemática. Sin embargo, por algún motivo, siempre se termina por realzar los aspectos éticos, morales o políticos de películas que no lo poseen ni por un atisbo de casualidad. A nadie le preocupa, o le importa, que un plano esté rodado con dolly o con steady-cam. O si el formato utilizado es en 1:33 o el 2:35, con lo que ello supone. Y es en este preciso instante cuando Malcolm & Marie ofrece uno de los momentos más sobresalientes de todo su metraje. El discurso que el sobreactuado director interpretado por Washington construye en torno a la imposibilidad de lograr una explicación ante hechos como los que rodean a la panegírica El héroe solitario, realizada por un director de origen alemán que tuvo que huir de aquellos a los cuales apoyaba manifiestamente el “héroe” de su película. ¿O es que George Cukor entendía mejor a las mujeres por ser homosexual? ¿Dos judíos como Selznick o Ben Hetch implicados en Lo que el viento se llevó? ¿Importa conocer la influencia de películas de Orson Welles o William Wyler en el cine contemporáneo sin juzgar su raza, orientación política o afinidad política? ¿O es que ya nadie puede hacer cine de autor y, posteriormente, ganar dinero con una película de LEGO? ¿Dónde están y quién decide esos límites?

Sam Levinson denuncia la relación que el cine (y aquellos que lo trabajan desde el imaginario de las ideas) mantiene con sus productos. La trama, la influencia, la inspiración. El tejido en el que un guionista o director se basa a la hora de crear una obra que, como bien afirmaban los críticos franceses pre-Nouvelle Vague, les confiriera el aura de autor. Una relación ejecutada de forma cíclica. Véase, a este respecto, el comienzo de la película. Marie espera, en el quicio de una puerta mientras fuma un cigarrillo, a que Malcolm pronuncie su primer discurso contra el establishment de la crítica mientras da vueltas a su salón. Un viaje de ida y vuelta. Una simbiosis en la que todos necesitan a todos. Incluso cuando hay que pagar por leer un articulo de un periódico. Imagine aquellas secuencias, de las cuales el cine posee a patadas, en las que un director leía en el periódico de la mañana siguiente la crítica de su película y ejecutaba una reacción, un comportamiento, a medida. En los tiempos modernos hay que suscribirse por un dólar y noventa y nueve centavos al mes a ese mismo periódico. Pero, de nuevo, el sistema necesita retroalimentarse. Ya no existen las Pauline Kael ni los, ya con posterioridad, Roger Ebert. Aquellos críticos que, sin necesidad de suscripción alguna, podían hacer caer todo tipo de carreras, ínfulas y mediocres.

A través del personaje de Zendaya, el espectador observa aquello que le ha venido preocupando al creador desde que concibe su función dentro de este sistema industrial. La posesión, las rencillas del pasado, la marcha con otros creadores, el sostenimiento del aparato inspirador… Todo ello dibujado en el rostro de una actriz que personaliza una nueva mirada hacia una industria en constante movimiento, pero que sigue manteniendo sus raíces a la hora de expiarse. Zendaya y John David Washington, en su imperio interpretativo, ofrecen esa necesaria mirada de amor-odio que existe entre creador y creación. Entre las preguntas que lanza la creación cuando observa que el creador se ha inspirado en cuestiones que le son familiares y se niega a reconocerlo así como las explicaciones que el creador concede a su creación para que esta no se marche y siga nutriéndose esa relación de odio, amor y extrema necesidad.

Sobre Malcolm & Marie recae el peso de toda una tradición artística. La sobriedad con la que está trabajada incluye algunos de los planos más destacados vistos en cine en muchos años. Quizá alguien, al término de la película, caiga en la tentación de calificarla de “pretenciosa”. Bien por desconocimiento, por desinformación o porque el uso del blanco y negro (recuerde, así es como empezó el cine) les suene a proselitismo. Nada más lejos de la realidad. Hacía muchos años que una reflexión sobre el cine no resultaba tan extraordinaria. Con sus luces y sus sombras. Con todas sus contradicciones.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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