Pilar Palomero consiguió la Biznaga de Oro en el pasado Festival de Málaga con ‘Las niñas’, un retrato generacional sobre la educación sexual en España.

España es un país de crucifijo, vajilla Duralex, mesa camilla y abuela en mecedora. La realidad de cada casa, al menos hasta la llegada del nuevo milenio (que tampoco hizo cambiar demasiadas cosas), era la que proporcionaba la tradición enmarcada tras un velo de educación católica, enmascarada formalidad y pureza de espíritu.

Pilar Palomero estrenaba en (y ganaba) el pasado Festival de Málaga justo el año del covid-19. El 2020 que, definitivamente, nos cambió a todos. Sea del signo que fuere, de la educación recibida o la procedencia social o económica. Las niñas propone una vista atrás. Un giro de cabeza, con los ojos cerrados, hasta una época de cambios, de movimientos sísmicos de toda índole y condición. Nos sitúa en la Zaragoza a medio camino de los dos acontecimientos más importantes para la España que emergía tras la muerte de Franco en 1975 y la llegada de la democracia con los gobiernos de Suárez y, por extensión, Felipe González. Pero en el metraje no hay ni rastro de las Olimpiadas de Barcelona ni de la Expo de Sevilla. Pero es 1992. Se ve Marcelino pan y vino, se lee la Superpop y se hacen los crucigramas de la Interviú. Nada parece haber cambiado.

La realidad de un grupo de niñas en aquella Zaragoza es la que toma Palomero para hacer un retrato generacional. Eso que en cine se ha dado a conocer como coming-of-age y que ejemplifica las barreras que se atraviesan a ciertas edades. Aquí, en esa franja que transcurre entre los 14 y los 17 en la que todavía es posible (y probable) saltarse todas las líneas rojas antes de que la sensatez domine cualquier acto sea de la naturaleza que sea. El foco se sitúa, con especial interés, en la ausente educación sexual que se ha brindado a generaciones de alumnos de todo tipo de escuelas (públicas, privadas, concertadas) que han hecho que miles de jóvenes se (nos) enfrentaran a los irremediables cambios y necesidades de sus cuerpos sin una orientación básica hacia los comportamientos correctos y adecuados para todo momento.

Las campañas para el uso del preservativo, por ejemplo, están presentes a lo largo de toda la película. Las marquesinas de las paradas, algún anuncio inserto entre las páginas y portadas de las revistas de moda de la época o aquella breve arenga de Francisco Umbral en TVE ante Raffaella Carrá en el mítico Hola Raffaella. Algo tan, a priori, sencillo de explicar y utilizar como es el mecanismo de un profiláctico ha pasado por generaciones de adolescentes como una anécdota más que como una tabla de salvación ante posibles enfermedades, embarazos no deseados y demás implicaciones de la ausencia de una correcta y seria educación sexual. Las travesuras y fechorías con preservativos hinchados de agua en el patio de un colegio en mitad del recreo han sido pan y circo para tales generaciones, entre las que este escritor se incluye. Y es que ya lo expresó acertadamente, a modo de instantánea social, Natalia de Molina en una entrevista en El Confidencial el pasado 7 de septiembre: “La educación sexual en España brilla por su ausencia”.

Pilar Palomero, para reflejar con mayor realismo aquella sociedad de preguntas indiscretas en las revistas de moda para jóvenes, utiliza un formato cercano al 4:3. Más concretamente un 1:37:1 donde confina a toda una generación, donde su libertad de acción y pensamiento permanece enclaustrada por lo que dicta una educación católica exenta de resquicios. A pesar de todo ello, Palomero huye de juicios sumarísimos como sí hicieran otras experiencias cinematográficas como Camino de la cruz (Dietrich Brüggemann, 2014) o Corazón puro (Roberto De Paolis, 2017) con respecto a la relación de las adolescentes con la sexualidad y el autodescubrimiento. La directora narra con fluidez, rehúsa conferir de maldad impostada a ningún personaje ni tampoco precisa sobreexplicar determinadas situaciones confiriéndolas de un énfasis que la trama no requiere en ningún momento.

Pilar Palomero no nos aparta del punto de vista anclado al rostro de Andrea Fandós (Celia en la ficción) y a quien ya vimos en el cortometraje de Ignacio Lasierra La comulgante (2018), también bajo la órbita religiosa. La expresividad de Fandós encuentra acompañamiento en las imágenes que maneja con brío la operadora Daniela Cajías, permutando en cada plano los rostros con los pensamientos, fondo con forma, contexto con significados convirtiendo la película en un compilatorio de postales de una época.

Las niñas, por tanto, se erige como una de las propuestas más interesantes de este año que tanto ha variado nuestras costumbres. Costumbres que merecen reflexión, puesto que de ellas nacen un sinfín de realidades. Situaciones que llevan a pensar en la necesidad de abordar con más y mejores medios el qué sucede en el cuerpo de una persona más que centrar el desarrollo físico y personal en menesteres del todo respetables, aunque no tan importantes. Ya habrá tiempo de buscar respuestas a lo que apenas plantea preguntas. Mientras tanto, respondamos aquello que sí está en nuestra mano. Por, esta vez sí, educar a las generaciones futuras en asuntos trascendentes de los que, aquellos que en este momento superan la treintena o abordan la cuarentena, nos dimos cuenta (quizá) demasiado tarde.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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