‘Deephan’, la mirada del miedo

La primera Palma de Oro para Jacques Audiard se convierte en un ejercicio claustrofóbico que mezcla realidad social con cine de suspense, un método de denuncia de un contexto que considerábamos desconocido.

Jacques Audiard (Un profeta, De latir mi corazón se ha parado, De óxido y hueso) buscó, siguió buscando y al final halló. Desde que consiguiera el Gran Premio del Jurado de Cannes por su descenso a los mundos carcelarios bajo la mirada de Tahar Rahim, Audiard ha ido perfilando su estilo hasta delinear un cine certero, que juega con el hiperrealismo y expone a unos personajes al límite de sus posibilidades.

Desde que estrenara, en 1994, Mira a los hombres caer Jacques Audiard se ha convertido en uno de esos realizadores con mirada envidiable, con capacidad de transfigurar la realidad y plasmarla en pantalla con la crudeza que exigen unos tiempos donde la violencia social es inherente, la desigualdad es manifiesta y la injusticia reina por doquier. La Palma de Oro de la pasada edición de Cannes, no solo certifica el gran momento que vive el cineasta francés, sino la situación real, triste y global que se vierte del millar de conflictos armados que se viven hoy en día en la totalidad del planeta.

Deephan juega con el tempo de cada uno de los personajes. Introduce al espectador en una compleja red migratoria que comienza en la Sri Lanka que sufre una guerra civil desde 1983 hasta la derrota de los Tigres de Liberación, en 2009, tras la llegada a la presidencia del país de Mahinda Rajapaska. Estados Unidos y la Unión Europea consideraron a los tigres tamiles un grupo terrorista mientras la situación en el país se iba agravando con sucesivas matanzas. Quienes pudieron escapar del horror, emigraron a distintas partes del mundo. Audiard centra su mirada en tres anónimos que se reúnen para formar una ficticia familia con la que poder justificar su entrada en Francia.

Durante el primer acto de la película, Jacques Audiard demuestra su capacidad para llevar a cabo, con los recursos suficientes, la presentación de unos personajes castigados por su situación personal, familiar, económica y social. La Francia que presenta el cineasta es la que emerge por vía directa de las imágenes que Mathieu Kassovitz moldeó en su obra maestra El odio y que modificó las conductas de los cineastas galos de cara a un nuevo modelo de sociedad naciente en Francia. Una realidad que emergía de los barrios bajos de unas capitales donde, aún hoy, se fragua una violencia casi insalvable. Deephan se verá inmerso en el tráfico de armas, en la drogadicción, en unas calles que terminarán por recordarle lo peor del lugar del que una vez tuvo que huir.

Audiard no cae en la obviedad, no cesa en su intento de ofrecer no pocas interpretaciones a todo lo que se sucede. Cada uno de los personajes tendrá un objetivo, una motivación distinta a la del otro. En ningún momento se cruzan, pese a los intentos de entendimiento (por naturaleza, también sexuales) de un director empeñado en mostrar la mala suerte, la desgracia, la brutalidad a la que es sometido casi a diario cualquier ser humano que no encaje en los círculos sociales convenidos. Deephan va transitando por una fina línea que se quebrará conforme lleguen las consecuencias de tan peligroso suburbio.

El director permanece fiel a su estilo. Su modo de contar historias se avecina desde bien lejos. En la primera mitad de sus metrajes, Audiard expone de manera realmente notable las diatribas de sus personajes, los conflictos a los que se enfrentan y, por regla general, planteando una posibilidad de futuro para el (los) protagonista(s) que terminará por desencadenarse en una segunda mitad donde, también por norma, el director comienza a perder el control sobre lo que muestra. Deephan es víctima de este descontrol, un artificio final que pone punto y seguido a una historia cotidiana, con un rostro determinado pero que, desgraciadamente, posee multitud de nombres propios. Pese al innecesario alarde que sirve de explosiva conclusión a Deephan, Audiard prosigue esperanzando su búsqueda de aquello que define al ser humano en confrontación directa con sus semejantes. Y la Palma de Oro, aunque algo excesiva, es recompensa a años trabajando un estilo propio, determinado y libérrimo.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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