‘El cuento de la princesa Kaguya’, amor por lo delicado

Isao Takahata, uno de los maestros del Studio Ghibli, vuelve tras ‘Ana de las tejas verdes’ con una preciosa (y preciosista) historia basada en ‘El cortador de bambú’, uno de los cuentos más bellos de la tradición literaria nipona.

Se suele decir que Hayao Miyazaki es el dueño de la magia que posee el Studio Ghibli, desde que Nausicaa en el valle del viento hiciera girar la mirada hacia la animación de un país con la ingente producción cinematográfica que posee Japón. Cierto es que los mayores éxitos de Ghibli llevan la firma de Miyazaki. Pero cierto es también que resulta imperativo detenerse ante el cine propuesto por Isao Takahata, el director que destrozó corazones y obligó a reubicar la sensibilidad individual con La tumba de las luciérnagas o divirtió sin perder un ápice de folclore en la espectacular (y casi desconocida) Pompoko. La mayoría de las veces, Ghibli ha optado por trabajar la infancia y su relación con el entorno. Pero ha sido Takahata quien ha sabido demostrar, a lo largo de su trayectoria, la importancia, la influencia del medio natural en clara consonancia historicista en el condicionamiento personal de sus protagonistas.

El cuento de la princesa Kaguya no descuida un ápice el aspecto fantástico, la irrealidad del cuento, de una trama maravillosa en su delicadeza, con un trato de personajes que despierta las más sinceras lágrimas. Todo en la película está envuelto en un halo de belleza, en una poesía liviana que se encierra en el bosque donde tiene su desarrollo la trama y donde Takahata deja que sus personajes fluyan a través del particular viaje temporal de su protagonista, una joven que sufre un crecimiento progresivo, acelerado, que la convierte en el centro de atención del lugar por lo inusual del acontecimiento y que terminará por aceptar su destino, intentando hallar en todo momento la posibilidad de volver a sus raíces.

Ghibli cumple con el manual de su cine, punto por punto. Pero, a diferencia de la mayoría de las producciones del estudio, El cuento de la princesa Kaguya opta por una mayor duración en el desarrollo del metraje y huye de la espectacularidad de alguna de sus anteriores películas. Todo ello evita avivar el ritmo de una cinta que escapa de pretensiones y se entrega a la definición misma de la belleza cinematográfica. Una belleza que bebe directamente de la tradición literaria japonesa, siendo en esta ocasión El cuento del cortador de bambú el origen de una fidelísima adaptación por parte de un Takahata que sigue explorando modos y maneras de narrar.

El cuento de la princesa Kaguya no será quizás una de las obras más valoradas de Ghibli. Muchas de las otras producciones del estudio pasarán por alto que esta película es un perpetuo homenaje a lo que implica el propio folclore de un país que protege desde la cinematografía una ingente cultura literaria, que muestra al mundo sus valores y los exporta con suma preciosidad. Sea cual sea el título Ghibli en cuestión, Kaguya debe situarse entre las obras más personales del estudio, el reconocimiento de una historia tan ambiciosa, narrada con un trazo tan delicado como la complejidad de los deseos de su protagonista, es algo que sobrepasa cualquier intento de aproximación crítica.

Los trabajos de Ghibli precisan una comunión sincera, total, un acuerdo entre el espectador que ansía desvelar lo admirable de un cine que huye de la espectacularidad gratuita y de los efectos visuales para crear obras de un calado humano excepcional. El cuento de la princesa Kaguya transforma la tristeza de una huida en el triunfo de una victoria. Y algo de una complejidad tan preciosa (y precisa) no lo consigue cualquiera.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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