‘El francotirador’, heridas de guerra

Clint Eastwood estropea su película con un final que, a modo de panegírico, destroza conceptos que había planteado acerca de la controvertida figura del francotirador de los SEAL Chris Kyle.

Es necesario, con el fin de juzgar esta película en su debida dimensión, partir de la obligada lectura de las memorias que Chris Kyle dejó sobre sus vivencias en la guerra de Irak, sus incursiones y las muertes que sembró a su paso como francotirador del cuerpo de élite SEAL. Sería demasiado fácil emitir un juicio moral rápido sobre su protagonista y sobre el valor humano de sus hechos en combate. Sin embargo, El francotirador posee una valía cinematográfica innegable producto del trabajo de su director, un inspirado Clint Eastwood que con 84 años, se adentra en su primera película sobre la guerra de Irak.

La película recorre de manera fiel la máxima que permanece arraigada en la cultura norteamericana: Dios, Patria y Familia. Y por ese orden lo cumple Kyle. A través de un recurso narrativo ejemplar, Eastwood y Jason Hall nos trasladan desde Irak hasta Texas para situar la acción en base a la condición de su personaje protagonista: un hombre que nace siguiendo los preceptos religiosos y casi militares de un padre que los educa cinturón en mano, que los adoctrina sobre la importancia de diferenciar entre perros, lobos y ovejas, entre los que luchan, los que se identifican con el enemigo y los que no defienden lo que es suyo permaneciendo indiferentes. De aquí nace ese Chris Kyle destinado a servir y proteger a su patria, que morirá si es necesario por hacerlo y que dejará en el camino a una mujer y dos hijos si fuese preciso.

Bradley Cooper se embute en la piel de un soldado nacido para matar, así lo demuestran sus más de 150 muertes acreditadas en combate (oficiales, extraoficialmente la cifra casi se duplica), en un papel de complicado juicio moral para quienes desconocen la tendencia de ese sector de norteamericanos cuyos pensamientos se asemejan al de Kyle. No obstante, leyendo las líneas de esas memorias, uno se da cuenta de que Jason Hall, guionista de la película, ha suavizado el tono de un militar que afirmaba disfrutar matando y que encontraba justificación a cada muerte, a veces de forma aberrante y salvaje

La primera vez que disparas a alguien te pones algo nervioso. Piensas: ¿de verdad puedo abatir a este tipo? ¿De veras está bien? Sin embargo, después de matar al enemigo, te das cuenta de que es así y te dices: “Mola”. Vuelves a hacerlo, una vez y otra. Lo haces para que el enemigo no acabe contigo ni con tus compatriotas. Y sigues haciéndolo hasta que no queda nadie a quien matar. Así es la guerra.” Páginas y páginas donde todo es así de inquietante.

La película transita por los derroteros de la perspicacia en ciertos momentos, afortunadamente no demasiados (aquellos en los que decide permanecer fiel a las vivencias de Kyle), y los del pensamiento explícito de su protagonista (esa mirada al ver caer las Torres Gemelas como necesaria invitación a alistarse y pasar de ser el perro que protege a los suyos) para servir como ilustración al fanatismo patriótico de este héroe glorificado en unas pompas fúnebres finales bastante cuestionables. Pero aquí cada uno debe sacar sus propias conclusiones. Con un mínimo de cultura, sentido común y capacidad de raciocinio, se puede emitir un juicio independientemente de la tendencia (manipulatoria, o no) que haya adquirido la película.

Clint Eastwood y su dirección hacen traer a la memoria tres películas de una temática muy relacionada. De un lado, las diatribas religiosas y morales de aquel El sargento York dirigido por Howard Hawks e interpretado por Gary Cooper. Por otro, el díptico bélico firmado por Kathryn Bigelow que incluye En tierra hostil y La noche más oscura. Especialmente en las dos últimas, se plasma la guerra, la lucha, el combate como adicción y liberador de enfermiza adrenalina. Con mayor o menor efectividad, Clint Eastwood sabe contagiar la tensión del combate en ciertas secuencias donde agarrarse al asiento es la mejor opción. Una secuencia con un taladro, un asalto a un nido de enemigos y una tormenta de arena son buenos ejemplos del ritmo impecable que el director imbrica a su obra.

El francotirador es una película peligrosa, con sutileza o sin ella. Leyendo las memorias de Kyle, uno se da cuenta de a lo que es capaz de llegar el ser humano por alcanzar la profundidad de la maldad del alma. Cómo llega a desear justificar ante Dios, su Creador, cada una de las muertes que ha llevado a cabo. Cómo tilda de “salvajes” a sus enemigos, sin noción alguna de donde está y quien es realmente. Chris Kyle es sólo una máquina de matar, entrenado para ello, para obedecer a unas enseñanzas primarias fruto de una educación primitiva donde el salvaje es el otro, donde la guerra es una encarnizada y gloriosa forma de acabar como un mártir por la patria. Buena prueba de ello es el excesivo, deplorable y nada sutil compendio de imágenes que forman los créditos finales, donde realmente uno se da cuenta de la importancia del héroe en un país que parece necesitar constantemente de ellos, aspecto que siempre ha cultivado ese portentoso narrador que es Clint Eastwood a lo largo de toda la amplitud de su carrera como impecable cineasta.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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