El ruido de sus zapatos obstruía el fragor de los gritos que, cada mañana, daban la bienvenida a Víctor. A través del pasillo lúgubre que conectaba las escaleras con el aula donde esperaban aquellos alumnos todas las mañanas se escuchaba el alcanzar de sus pasos hasta la puerta donde le aguardaba su audiencia.

La puerta del aula tenía una altura de, aproximadamente, metro ochenta. A aquellas edades nadie osaba alcanzar aquella proporción, que quedaba reservada para quien detentaba la autoridad. Y en aquella situación, era cierto. Víctor medía más de dos metros y su presencia era suficiente motivo para calibrar el cesar de los gritos de cada día. Aquel era un colegio regentado por las hermanas de la caridad. Todas las mañanas, profesaras la religión que profesaras o tuvieras un pensamiento celeste o bermellón, debías recoger la cabeza entre las manos y rezar un Padrenuestro para agradecer a Dios la llegada del nuevo día. Aunque fuera el peor de todos. Aunque te hubieses resbalado por la calle en pleno invierno o apenas te diera tiempo de tomar algo de desayunar.

Poca gente practicaba aquella costumbre que Víctor, de fuertes convicciones que jamás pretendió imponer, naturalizaba cada mañana. Sus más de dos metros se convertían en un junco sacudido por el viento mientras su cabeza buscaba de nuevo la verticalidad tras cruzar el bastidor de la puerta y dirigirse, con paso firme, hacia su mesa de tutor. Al llegar, dejaba su bolsa de cuero raído y los cuatro papeles que incluían sus apuntes para la primera clase y estrechaba su cabeza entre las manos.

- Buenos días, chicos. Vamos, silencio todos. Padre nuestro, que estás en el cielo. Santificado sea tu nombre…

La letanía se convertía entonces en un coro de murmullos ininteligibles capitaneados por la tormentosa voz de Víctor. Un profesor que, cada mañana, atendía a los desafíos de su propio conocimiento. Quien se encuentra detrás de estas líneas cursó la ESO, en los tiempos en que fue irredenta víctima de la LOGSE. Y aquella torre de Babel impartía tantas asignaturas como centímetros servían para calcular su altura. Biología y Geología, Física y Química, Religión, Matemáticas y una curiosa optativa que nos enseño más que cualquier otra de las materias curriculares: Astronomía. Y es que esa hora de evasión semanal hacia el más allá, mostrada con una pasión que ya quisiera el mismísimo Carl Sagan, se convertía en uno de esos escasos momentos en que la audiencia escuchaba como si el mismísimo Yuri Gagarin hubiera bajado de los cielos. Parecía como si aquel Víctor acabara de llegar del espacio aquella misma mañana y, tras rezar el susodicho Padrenuestro, se enfundara el traje de profesor tirando a lavar el de astronauta.

Víctor era digno de admiración. Hasta físicamente poseía rasgos que lo convertían en un ser de otro planeta. Una barba poblada, que contrastaba con una calvicie incipiente, acompañaba a una pequeña isla de pelo blanco en la parte trasera de su cabeza. Era imposible no mirar aquella anomalía que, hoy día, parece normal, pero bajo la mirada de los doce años se convierte en todo un hito de referencia. No hablaba como los demás profesores. A algunos de ellos parecía darles igual la materia que estaban impartiendo. Otros, como Marisa, llevaban hasta el extremo el amor por su profesión. Pero, cuando eres preadolescente, cualquiera que se salga de la norma infunde (o infundía) un respeto que te hacía alejarte de cualquier implicación personal con esos profesores. Pero con Víctor era diferente. Infundía el mismo respeto, pero no era alguien que impartiera con dedicación cada clase. Él era cada clase. Su conocimiento plagaba el aula, dejaba obnubilados a sus alumnos. Jamás se le escuchó una queja ante la falta de silencio. Cuando Víctor se empeñaba en que las ecuaciones de segundo grado nos iban a servir para el resto de nuestra vida, todos sabíamos que se equivocaba. Pero nadie apartaba la vista de aquella pizarra. Algunos, como este que escribe, no comprendían absolutamente nada del galimatías en que se había convertido aquel mural de piedra verde. Aún hoy sigo sin entender qué es una ecuación de segundo grado. Apenas sé qué puñetas es una raíz cuadrada. Y no me gusta presumir de no saber hacer divisiones cuyo divisor supere las dos cifras. Pero sí recuerdo a Víctor intentando por todos los medios que la inoperancia de mi negado intelecto para los números no interfiriera en los resultados de las evaluaciones finales.

Víctor fue quien me concedió el 5 más satisfactorio de toda mi carrera académica. Jamás, incluyendo con posterioridad mis años de facultad, me había sentido tan realizado con una calificación tan baja. Yo no era mal estudiante. Me costaba, pero terminaba por sacar evaluaciones bastante satisfactorias, especialmente en aquellas materias que, naturalmente, tenían como protagonistas a las humanidades, las letras, el arte o la lengua. Pero las Matemáticas eran mi Moriarty, mi Goldfinger, el Hannibal Lecter del libro de notas de cada final de curso. Hasta aquel cuarto de ESO. La primera vez que vi cómo todo se podía ir al traste por una asignatura. Por las ecuaciones, las derivadas y todos esos botones de la calculadora científica que jamás supe qué significaban ni para qué servían. Aún hoy me observa, cínicamente, desde un rincón oscuro de alguna estantería.

Y allí, tres horas a la semana, estaba Víctor. Encima de nosotros. Dándonos la vara como si de un político en campaña electoral se tratase. Prometiéndonos cosas que, todos sabíamos, no iban a suceder. Pero, creo que hablo por muchos de mis compañeros de aquellos momentos, nosotros sí cumplimos la promesa que le hicimos al finalizar nuestra estadía en aquel centro. Muchos lo intentaron. Por méritos, desde luego. Pero solo Víctor permaneció (y permanece) indeleble al paso del tiempo.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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