Hacemos memoria cinematográfica y recordamos uno de esos experimentos en los que el ser humano demuestra no tener ningún tipo de apreciación por su significado en el mundo: ‘El gran rugido’ (Noel Marshall, 1981)

En el ser humano existen diferentes vertientes de comportamiento con respecto a situaciones de riesgo. Los hay que evitan cualquier situación que pueda poner en peligro su existencia, que no juegan con la posibilidad de que dejen de existir devorados por un fallo de alguna máquina, devorados por caníbales o víctimas de monstruos que ahuyentar con el solo gesto de taparnos hasta la cabeza con la propia sábana. También los hay que no se acercan al peligro pero que observan sin detenerse a pensar en lo que está sucediendo. A estos, del segundo tipo, les mueve el morbo, esa sensación de disfrute que negamos ante el cuestionamiento y que tiene que ver con observar a cualquier congénere siendo víctima de algún acto peligroso, cuestionable, prohibido o simplemente oculto. Un tercer tipo es aquel que asume el riesgo como propio, que no se deja llevar por el sentirse espectador tras una cortina viendo a una pareja en el edificio de enfrente manteniendo relaciones sexuales o deteniendo el tráfico en una autovía en un accidente donde varios coches han sido arrasados y convertidos en amasijos metálicos. Aquellos que escalan montañas, que entran en lugares donde existen altas posibilidades de desafiar un statu quo predefinido por seres que nada tienen que ver con los seres humanos. Y es aquí, en este punto, donde Noel Marshall hace su aparición.

En 1969 Noel Marshall y su entonces esposa, la actriz Tippi Hedren, realizan una visita al continente africano en el que la intérprete rodaba, junto a George Montgomery Satan’s Harvest (1970). En una de las rutas que realizaron a lo largo de aquel viaje, Marshall quedó impresionado con una imagen que observó sin poder ceder un pestañeo. En algún paraje de los que visitaron dieron con una cabaña que había sido abandonada años antes y que los leones que por allí paraban reconvirtieron en un lugar de descanso, una morada donde cubrirse y protegerse de la climatología, de los ataques de otros felinos o del propio ser humano (en el momento en que este comenzaba a ser un peligro).

Al regresar a California, Noel Marshall (ni Tippi Hedren) lograron borrar de sus retinas aquella imagen de conquista que la naturaleza había logrado ante una construcción que, sin duda, no correspondía de manera natural al lugar donde se situaba. Ahí comenzó la obsesión de ambos por crear un lugar donde poder mostrar al mundo que existía una obligación del ser humano por intentar proteger y conservar al máximo posible a los felinos que habitaban lugares que el hombre jamás debió pisar. Con el fin de lograr su objetivo, Hedren y Marshall lograron trasladar a su residencia de California, en Sherman Oaks, a un león con el que, además, de servir para rodar spots televisivos, el productor comenzó a elucubrar ideas que conducían a un mismo lugar: la realización de una película. El tener a un animal de aquella envergadura en el domicilio propio haría más fácil el proceso de adaptación en ambas direcciones y el rodaje se asumiría como algo más sencillo. Asumimos como cierto que Tippi Hedren, tras rodar Los pájaros con Hitchcock, no puso reparos en la presencia de un león a escasos metros de su lecho. La convivencia con la familia por parte del felino quedó recogida en un reportaje de la revista Life absolutamente conmovedor.

Así, en 1970, se gestó el proyecto de lo que terminaría convirtiéndose en El gran rugido (Roar, en su título original). Seis años de preproducción que culminaron en 1976 cuando, por fin, tras producir Experimento Harrad (Ted Post, 1973) y hallar un muy moderado éxito con El exorcista (William Friedkin, 1973) logró edificar lo que se convertiría en la producción de su primera película como productor, guionista, director y protagonista. Experimento Harrad y El exorcista nos devuelven, a modo de curiosidad, al primer párrafo con el que comienza este texto: a la mórbida sensibilidad del ser humano ante asuntos como el sexo o el terror y que tan bien resultó en el concepto que Marshall manejaba para El gran rugido.

Con un presupuesto inicial que rondaría los 2–3 millones de dólares, el productor reconvertido a hombre orquesta iniciaría la producción de su gran manifestación por la conservación de los animales en África. Pero tocó con el primer escollo. Ambientar la película en África aumentaría los costes de producción haciendo imposible el resto del rodaje. Para salvar el inconveniente, Noel Marshall decidió construir una reserva que ubicaría en Soledad Canyon y donde albergaría al más de un centenar de criaturas salvajes con las que coprotagonizaría la cinta. Animales que fueron siendo reunidos con el paso de los años desde que el germen de la idea fue algo más que una realidad. Más de setenta leones, una veintena de tigres, casi diez panteras negras, un número similar de pumas, elefantes, gansos canadienses, grullas, una decena de flamencos y otros tantos de gansos negros.

Los extras ya estaban, pues, dispuestos para rodar. Pero el coste de mantener a todo este equipo artístico iba elevándose día a día. Una de las decisiones para paliar esta subida de presupuesto, que parecía inesperada, era invitar a participar en la producción a la esposa de Marshall, Tippi Hedren; a su hija, Melanie y a los dos hijos de Marshall con un matrimonio anterior: Joel y John. Con todo medianamente preparado para comenzar el rodaje con todas las garantías. O no…

Las estimaciones presupuestarias saltaron por los aires nada más arrancar la producción. Once años después de haber comenzado con la gestación de la idea para la película y en fijar un budget inicial de tres millones de euros, aproximadamente, la producción superaba ya los 17. Era evidente que cualquier persona que trabajase en la película, con unas condiciones mínimas de sindicación (si es que las hubo) y una protección con respecto a los trabajadores, tendría que ocasionar un desembolso que Noel Marshall parecía dispuesto a pagar con tal de lograr llegar a buen término con la película. A medida que el tiempo transcurría y las secuencias iban tomando forma, Marshall se volvía más y más temerario. La obligatoriedad de rodar con animales reales, sujetos a su comportamiento salvaje y ausente de cualquier tipo de domesticación, exhortaba al productor, director, guionista y actor a enfrentarse a las heridas que estos extras (sin los que hubiera sido imposible terminar la película, todo sea dicho) sufrían tras los ataques de los felinos.

Melanie Griffith necesitó de cirugía reconstructora en el rostro, Joel Marshall sufrió un corte en la cabeza que obligó a suturarle con 56 puntos, Tippi Hedren se fracturó una pierna tras caer de un elefante en el que se hallaba montada; al director de la fotografía, el holandés Jan De Bont, un león le mordió la cabeza y tuvieron que coser con 120 puntos de sutura. ¿Quién le iba a decir al operador que comenzar una carrera en Hollywood iba a ser fácil? Tras fotografiar las películas de la primera etapa de Paul Verhoeven, cuando los dos no habían emigrado todavía, De Bont recaló en Estados Unidos con miras a hacerse un nombre en el cine norteamericano. Afortunadamente, años después comenzó una carrera como realizador que sí le ha concedido alguna alegría. No obstante es el autor de Speed y su secuela, Twister o La guarida, una revisión del clásico de Robert Wise.

El gran rugido se estrenó finalmente… No, no se estrenó. Al menos en su país de producción. Diversos problemas surgidos con la distribución impidieron que en Estados Unidos la película viese la luz en el circuito comercial. El primer país donde pudo contemplarse tan oprobiosa demostración de respeto por la vida humana fue Australia, el 30 de octubre de 1981. Alemania Oriental, Dinamarca, Holanda, España, Japón, Colombia, Francia y Corea del Sur fueron los otros lugares donde la película logró estrenarse. ¿Qué sucede? Que Noel Marshall hubiera conseguido recuperar un gran porcentaje del presupuesto con un par de salvedades. La primera de ellas, sujeta a la subida del coste desde los 3 hasta los 17 millones, debido a que Roar recaudó en estos cuatro años de distribución por el mundo unos 2 millones de dólares. Y la segunda, que nadie hubiese cobrado por trabajar en ella. Tras finalizarla y estrenarla, aún le quedaron ciertos flecos económicos que solventar.

Hasta 2015 no se estrenó El gran rugido en los Estados Unidos. Una distribuidora, con un conocimiento estratégico del marketing, decidió rescatarla del olvido y estrenarla con una frase promocional certera: “Ningún animal fue maltratado durante el rodaje de esta película. 70 personas sí lo fueron.” La imagen de una Melanie Griffith con el rostro completamente bañado en sangre y unas nada amables cicatrices que movieron a decididos espectadores a contemplar uno de esos ejercicios de locura humana sin límites. ¿Qué se sacó en positivo de la filmación de la película? En primer lugar, la creación en 1983 con la Fundación Roar, con el fin de preservar la Reserva Shambala en aquellos acres de California que tantos quebraderos de cabeza ocasionaron a la vecindad del matrimonio. En segundo lugar, ya como última apreciación, Noel Marshall jamás volvió a dirigir ninguna película. Ambos se divorciaron en 1982. Marshall tan solo produjo un último título, Una noche en la vida de Jimmy Reardon (William Richert, 1988) con el malogrado River Phoenix como protagonista y murió a causa de un cáncer el 27 de junio de 2010 dejando tras de sí la leyenda de una película que ya es considerada como “la película más peligrosa de la historia del cine”.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store