La política italiana sigue un curso de ida y vuelta. Un curso que no cesa. Desde que Francesco Cossiga dirimiera el destino de Italia tras los sucesos que se traslucieron del asesinato de Aldo Moro el 9 de mayo de 1978 y antes de construir la dupla con Giulio Andreotti durante la década de los ochenta, el país ha vivido instalado en un caos político del que parece no encontrar salida. A esta continua quema de rastrojos solo parecen sobrevivir los presidentes de la República (si es que a lo que sucede desde 1980 se le puede calificar de supervivencia). Si tomamos como referencia ese año en concreto, 1980, nos encontramos seis nombres que han ostentado la jefatura del Estado. El Palacio del Quirinal parece permanecer instalado en la ruidosa quietud del cine de Paolo Sorrentino. No así el Palazzo Chigi. Desde hace décadas, la sede del ejecutivo italiano parece un drama neorrealista de Rossellini.

Más de treinta ejecutivos en los últimos treinta años. Sale a uno cada trescientos sesenta y cinco días, prácticamente. Las matemáticas no fallan. La gestión de los fondos de la Unión Europea, que de no someterse a la aprobación del Parlamento, quedarían en manos de una fuerza operativa de seis cabezas pensantes forzó a Matteo Renzi (ex-primer ministro y actual líder de Italia Viva) a iniciar una jugada que provocaría una viscontiana caída del gobierno presidido por Giuseppe Conte en plena crisis sanitaria y económica haciendo que las ministras de su partido forzaran su dimisión y dejasen al primer ministro completamente despojado de maniobra. De esto hace ya un par de meses, que ahora concluyen con el anuncio por parte del presidente de la República, Sergio Mattarella, de la encomienda de gobierno nada menos que a Mario Draghi, viejo tiburón de la economía europea (fue vicepresidente de Goldman Sachs, presidente del Banco Central Europeo y artífice de decisiones draconianas). Un gobierno, en definitiva, de corte tecnócrata que promete unirse a esa treintena anteriormente referenciada y pasar a ser otro de los que prometan estabilidad y una gestión de los fondos de ayuda europeos derivados de la emergencia sanitaria a la manera Draghi, signifique lo que signifique. Whatever it takes.

Existe una película de un histórico cineasta italiano, el maestro Fellini, titulada Ensayo de orquesta. En ella, el director encerraba a su país en un vetusto edificio, eso sí, con una acústica envidiable. Allí, con la excusa de rodar un documental sobre un ensayo, Fellini mostraba las distintas realidades que acontecían a los que portaban cada instrumento en aquella orquesta. Dirimía las clases sociales con soluciones vehementes de guion y exigía a sus protagonistas que se implicaran en la creación sobre una idea de Italia. Los más mayores se acercaban a la figura del director, los jóvenes planteaban una revolución que hacía temblar los cimientos del edificio-país. El director, con un marcado acento alemán, retrotraía imágenes que los italianos de la época se empeñaban en olvidar. Un crescendo que culminaba en el preciso instante en que todo se venía abajo producto del impacto de una irrefrenable bola de demolición.

Federico Fellini, ya en 1979, supo diagnosticar lo que sucedería las décadas sucesivas en los pasillos del Quirinal. Un palacio que sufre las embestidas de ocasionales bolas de demolición que destruyen cada intento de alargar más de lo adecuado un determinado liderazgo, hasta en las peores situaciones. La sombra de Mario Monti acecha a Draghi. En aquella ocasión, el gobierno del tecnócrata cayó por una maniobra de Silvio Berlusconi, su predecesor y líder del PdL, que retiró su apoyo al gobierno y provocó la llegada de Enrico Letta. Ahora, 2021 comienza prometiéndoles a los italianos otro gobierno pendiente de unas elecciones que no terminan de celebrarse. De ejecutivos provisionales mientras el país sigue arrastrando deudas insostenibles.

¿Qué pasará? ¿Qué misterio habrá?

Fotografía portada: newsmondo.it

Foto inferior: iltempo.it

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