Merece la pena recordar al cuatro veces campeón de la NBA Kurt Rambis. Una trayectoria definida a través de los cristales de sus gafas de pasta.

La vie est charmante, mon cher, c’est selon le verre par lequel on la regarde.” (La vida es hermosa, querida, depende del cristal a través del cual la mires.)

(Alejandro Dumas, La dama de las camelias)

Cupertino es uno de esos lugares de los Estados Unidos que parecen haber sido tocados por la mano de algún ser de otro mundo. Un paraje donde las construcciones tecnológicas parecen haber desplazado a la masa humana que forma comunidades a la manera tradicional. Aquí, desde hace décadas, la mayor parte de sus habitantes cuelga de los cuellos de sus camisas los logos de gigantes como Google, Apple, Netflix o Facebook. La cuna del gafapasta, se podría decir. Pero no del que usted, lector, se imagina.

Quien estas líneas escribe vio de pequeño jugar, de nuevo en el lugar que le dio sus mayores logros (sus cuatro anillos), a un desgarbado señor de algo más de dos metros — 2,03 exactamente- que portaba unas gafas de pasta negras con sujecciones amarillas con las que se defendía en la cancha. Ese niño comenzó a ver imágenes y vídeos de los partidos que aquel señor disputaba. Poco a poco identificó, no sin la dificultad que entrañaba retener en tan corta memoria tantos nombres fundamentales, que se trataba de Kurt Rambis. Y que esas gafas, que ya se las había visto a dos instituciones como Kareem Abdul-Jabbar y James Worthy, eran distintas. Eran de pasta, parecían normales. Poco sabía aquel niño que, años después, iba a ser él un impecable imitador de su espíritu gafapasta.

Kurt Rambis fue seleccionado por los New York Knicks en el Draft de 1980 procedente de la Universidad de Santa Clara. Los Broncos, casi veinte años después, también concederían a la NBA a Steve Nash. El base, al igual que Rambis, también acabaría jugando para los Phoenix Suns y Los Angeles Lakers, equipo en el que se retiró en 2015 firmando una de las carreras más sólidas escritas en los anales de la NBA. Rambis pisó el Forum, el lugar que precedió al megalítico Staples Center, antes que Nash y su impronta sellaran otra edad de oro de la liga de baloncesto estadounidense. Pero quizá me esté adelantando en demasía.

Los Knicks escogieron al primer Rambo. Antes del de Ted Kotcheff y el de Pan Cosmatos. Un chaval que, en su universidad, logró un récord de puntos que todavía nadie ha igualado o superado (1736 puntos) con medias nada desdeñables. Segundo reboteador máximo de estos Broncos, Darrell Kurt Rambis, sus números le llevaron a ser uno de los mejores jugadores de su universidad y a que el equipo retirara el número que portaba, el 34. Ello no le supuso ser escogido por los Knicks en primera ni segunda ronda. Fue en el puesto 12º de la tercera cuando el equipo neoyorquino le ofreció un contrato que apenas duró diez días. No había finalizado la pretemporada cuando Kurt tuvo que coger sus maletas y marcharse a Grecia, al AEK de Atenas, donde disputó una sola temporada logrando la competición copera helena en aquel 1981. Así, Kyrikos Rambidis, con el dorsal 6, adquiría cierto nombre y fijación por esos cristales con los que veía pasar cada balón.

Aquel mismo 1981, Rambidis volvía a los Estados Unidos. Los Angeles Lakers encontraban en Rambo al escudero perfecto para un equipo que, pocos años después, contribuyó a crear la NBA tal y como hoy nos la encontramos. Su estilo hosco, desgarbado y nada elegante le convirtió, no obstante, en un lugar de encuentro para quienes buscaban el contrapeso a la firmeza de Magic, la efectividad de Cooper, la magia de Abdul-Jabbar o la seguridad de McAdoo. Y esas gafas, seña de identidad. El arma de aquel Rambo que, a pesar de intentar doce tiros de tres, no acertó ni uno. No era un jugador que destacara en las labores ofensivas. Pero su carisma y la fuerza que imprimía en la mitad trasera de la cancha le llevaron a ser un puntal insobornable en aquellos Lakers regidos por el padrino Pat Riley. 64 partidos jugados, una media de 17,7 minutos jugados y 4,6 puntos demuestran que Rambo no concedía travesuras atrás.

Poco a poco, Rambis fue perdiendo importancia. La competencia del bloque era dura. El anillo logrado en 1982 iba a ser complicado de defender. Hasta 1985 no volverían a coronarse de laureles. Los 76ers a los que arrebataron el título en 1981 se cobraron la venganza un año después en una serie nefasta. Y los Celtics de Bird, McHale (y su brazo al cuello), Ainge o Parish entraron en aquella disputa lanzándose a por los títulos de las temporadas 83/84 y 85/86. Entre medias, los Lakers siguieron en la lucha. Y hasta que los bad boys no lograron romper la dicotomía establecida entre los de Boston y los angelinos, la batalla fue encarnizada.

La influencia de Rambo fue decayendo. El fichaje de otro ala pívot como A. C. Green en 1985 le hizo intuir que su importancia en la columna vertebral del equipo caía en picado. Su último año en aquella primera etapa de los Lakers jugó 70 partidos (20 como titular) y promedió 4 puntos y 0,8 asistencias. Green doblaba (incluso triplicaba) aquellas estadísticas. Decidió salir como agente libre, volver a la jungla y retornar en una secuela que le llevaría hasta Nueva Orleans. El jazz entró en su vida y casi como si fuera el Dave Brubeck de los Charlotte Hornets, jugó dos temporadas consiguiendo ser una pieza fundamental de un puzzle donde encajaban jugadores como Tripucka, Rex Chapman o J. R. Reid. Rambo jugó 75 partidos. Los 75 partiendo como titular. Promedió casi 30 minutos, 11,1 puntos y 2,1 asistencias. La siguiente temporada, parecía que la saga llegó a su fin. Ya no se producirían más secuelas de Rambo.

Poco a poco, las sombras de su juego fueron alargando la figura de Kurt Rambis. Su paso por los Phoenix Suns y Sacramento Kings fue testimonial. Pero aquellas gafas no merecían ser olvidadas en cualquier lugar. Y Rambis volvió al lugar donde logró el éxito que le hizo pasar a la historia. Al equipo con el que adornó cuatro dedos de una de sus manos. Dos temporadas. Dos season finale. 50 partidos en la primera temporada de su regreso. 12,7 minutos y 3,3 puntos. ¿Tiros de tres? Obviamente, ninguno. Quizá ahí esté la magia de Rambis. En que siempre fue fiel a sus principios. Aunque luego lograra encestar 5 de 5 tiros triples en un partido benéfico organizado por Magic Johnson. ¿Triples? Ninguno. ¿Voluntad? Toda la del mundo.

Cuatro anillos certifican el paso de Rambo por la NBA. Por unos Lakers a los que echó redaños, a los que protegió como si de una muralla se tratara. Y todo con aquellas gafas de pasta negras con las que este niño, que hoy escribe estas líneas, recuerda que con anteojos también se podían recibir balonazos (en el mejor de los casos). Siendo un auténtico gafapasta. Con todas las de la ley.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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