‘La ley del mercado’, asesinato social

Stéphane Brizé entrega un ejercicio reflexivo sobre la situación laboral actual de un país como Francia, una de las economías motoras de Europa pero aquejada de un cuestionamiento social extrapolable a medio continente.

Se podría establecer una trilogía de corte social que, sin duda alguna, encabezaría la película dirigida por Stéphane Brizé y que concluiría con una pequeña aportación española: Techo y comida (Juan Miguel del Castillo, 2015). Por el camino, los hermanos Dardenne incluirían su Dos días, una noche en esta reflexión acérrima sobre la situación de la sociedad en plena actualidad. La ley del mercado sale victoriosa de las tres por razones obvias. Ni instrumentaliza a sus personajes buscando una emotividad intrínseca ni juega a delimitar el espacio-tiempo de forma un tanto cuestionable. Brizé esclaviza su cámara al rostro de su protagonista, evita trivializar su situación, huye de jugar al sentimentalismo gratuito cuando es evidente que lo tiene bastante a mano y construye una trama realista, actual, presente.

La crisis se acentúa más en aquellas personas que, superada la cincuentena, deben hacer obra y milagros para volver a encontrar un trabajo que les permita mirar a la jubilación sin miedo, con una mínima confianza que les devuelva la fe en una capacidad para sacar adelante un hogar que, de repente, se vuelve inestable económicamente. Vincent Lindon expresa en su rostro y en sus silencios (locuaces como pocos) las dudas, el miedo ante una sociedad perdida en sí misma en algo de importancia extrema como es la búsqueda de trabajo. Una cuestión que cada vez ha ido adquiriendo matices más complejos y ante los que no queda otra que la continua reinvención individual. El conocimiento y práctica de la comunicación no verbal, la inútil formación que se vende desde diferentes estratos administrativos, la escasa información que se da desde los organismos gubernamentales, la sensación de abandono que se percibe cuando el presente no encuentra salida.

La ley del mercado juega con la especulación en diversos ámbitos. Desde el económico, en esos momentos en los que una mínima cercanía a la playa puede dirimir cien o doscientos euros más el precio de una caravana. Algo que roza por mucho la definición del absurdo, esa ficción en torno al valor y precio de los tangibles que termina por desembocar en lo que toda la sociedad a nivel global ha ido pagando con altísimo interés personal y económico. Pero la especulación se traslada también al circuito laboral. ¿Qué factores definen la preparación de una persona para tal o cual puesto de trabajo? Los requisitos se escriben, las impresiones se tornan intangibles. La especulación existe diariamente. Y cada segundo se acentúa algo más.

Brizé desarrolla su guión con un estilo libre, más cercano a las vanguardias europeas de mitad de siglo XX, para intentar aproximar su vehículo narrativo a la mirada de su protagonista. La cámara apenas se inmoviliza, permanece fija a lo que piensa y siente Vincent Lindon, alimentando la necesidad del espectador de sentirse en empatía plena con lo que está sucediendo. El pulso técnico responde más al temblor de sentimientos, a la inestabilidad vital vivida por su protagonista que a una respuesta meramente lícita en términos narrativos. La cámara siente y padece, acompaña a Thierry en su devenir.

Las postrimerías de la película obligan a detenerse a reflexionar. Y es que, de conseguir un trabajo que permita el ansiado desahogo, ¿qué hay que estar dispuesto a hacer? El personaje de Vincent Lindon adquiere nuevas funciones en el desarrollo de sus responsabilidades. Las mismas que le llevan a ser juez y verdugo de diversos actos que se imponen como impecable delito, según lo establecido. Pero detrás de esos presuntos delitos existen motivos y razones, más que meras especulaciones. Sin embargo, la ley aquí sí es inflexible. No hay lugar a la reflexión, al perdón, a la segunda oportunidad. La ley del mercado se mueve fiel a los principios deleznables que mueven el mercado privado en la actualidad. Una empresa, llámela como desee, más pendiente de conceder a sí misma beneficios que de sus propios trabajadores, abandonados entre montañas de responsabilidades y kilómetros de acuerdos sindicales. Inexcusable en sus actos por quienes permiten que cada día abran sus puertas. En la película de Stéphane Brizé sí existe conciencia de lo que está sucediendo. Pero la diferencia está en cómo se muestra esa conciencia. El poder de la sencillez, la violencia de sus planos, la firme demostración del miedo se respira en sus protagonistas. Brizé ha armado una definición de la sociedad actual con la sobriedad de los elementos, con conciencia de clase. Con necesaria justicia social.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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