Sebastián se acercaba a la última curva antes de llegar al pueblo. Siempre le había resultado curiosa la manera que tuvieron de trazar la carretera que cruza la localidad. En la entrada norte, una curva a derechas. En la sur, la curva serpenteaba hacia la izquierda. Desde el aire, su pueblo se debía parecer a un trapo retorcido por unas manos que buscan escurrir el agua sobrante.

Aquella semana debía ir a encontrarse con la soledad que restaba en el lugar donde ya no quedaba nada salvo la más omnímoda oscuridad. Se tardaban horas en llegar desde cualquier sitio. Incluso desde el pueblo de al lado daba la sensación de que la carretera estaba preparada para desesperar al más paciente. Tras mucho caminar y doblar aquella última curva, recorrió la calle que cruzaba el pueblo.

Casi al llegar, una voz ronca le hizo girar la cabeza hacia su izquierda. Asomada al quicio de una ventana se encontraba señá Teresa.

– Niño, ¿qué hora es?

– Las siete y media, Teresa. — La mujer entornó los ojos, queriendo adivinar a quien pertenecía aquella presencia. Mientras, un grupo de zagales echaba a correr como almas perseguidas por algún diablo que, sin duda, se había perdido.

– Soy Sebastián, Teresa. El hijo de Dolores. — dijo el recién llegado. — Vengo a darle una vuelta a la casa.

Señá Teresa pareció no escucharle. Sin pronunciar ni una palabra más, bajó la persiana ocultándose de la vista de Sebastián, quien escogió de su manojo de llaves, la que abría aquella casa. Su casa. El joven giró la llave, no sin esfuerzo, y cruzó el umbral. La puerta chirrió, tal y como recordaba. La cancela que separaba el zaguán del resto de la casa arrastró tras de sí decenas de papeles, alguna carta y un par de folletos de los que repartían los supermercados de los pueblos cercanos. Al mirar hacia abajo se dio cuenta de que no estaba solo.

EL PRÓXIMO MARTES, DÍA 16, SE CELEBRARÁ EL FUNERAL Y ENTIERRO DE DOLORES MARTÍN GÓMEZ. ROGAMOS UNA ORACIÓN POR SU ALMA.

Una esquina de una de tantas hojas parroquiales permaneció inerte. Ahí estaba su nombre. Ahí estaba lo que le quedaba de ella. El resto esperaban detrás de la cancela, víctimas del arrastre provocado por aquella implacable puerta de hierro. Quizá su madre volvía a hacer de las suyas. Incluso una vez muerta. La oscuridad era terrible. El frío, iracundo. Cruzó la casa hasta llegar a la cocina. Estaba arrecío. La humedad que se respiraba era asfixiante. «¿Cómo podía vivir así?», pensó Sebastián mientras se protegía los nudillos y exhalaba el poco vaho caliente que emergía de su boca.

Al salir de la cocina, una vieja mecedora era víctima de la guerra librada sin cuartel entre la carcoma y la madera. Presidía el salón y permanecía frente a un viejo televisor. Sebastián, pese a no haber entrado en aquella casa desde hacía más de una década, detectó pronto el olor de su madre. Recordó, mientras arañaba el polvo que sobrevivía en los muebles, las veces que se acurrucaba en su regazo. Como queriendo volver a entrar en el seno materno. Huyendo de los horrores del mundo. Pese a llevar tantos años sin querer volver, ni tan siquiera hablar con ella, sentir su olor era la única forma de saber que su alma todavía no había abandonado aquella casa.

Sobre la mesa, adornada con la misma falda camilla que jamás quiso ver pasar el tiempo, un libro a medio terminar. «Caballo de Troya 7: Nahúm», leyó en voz alta. «¿Es que esta saga no acaba nunca?», se dijo. Sebastián cogió el libro. Su madre apenas había alcanzado el ecuador del volumen. Sonrió pensando en que, o bien no le terminaba de interesar todo aquello o sencillamente la Parca la alcanzó y no pudo siquiera finalizar el capítulo.

Abrió el tomo por donde marcaba el separador. De pronto, sintió un nudo en su interior. Una lágrima comenzó a caer tímidamente por su mejilla. A modo de marcapáginas, una foto de cuando apenas era un zagalico que no levantaba diez palmos del suelo. Ella aparecía a su lado, observándole con una mirada que solo el paso del tiempo le llevó a comprender. Cerró el libro y lo depositó sobre la mesa camilla que aún guardaba restos a su alrededor del brasero de picón con el que se anunciaba cada llegada del invierno.

Sebastián intentó levantar las persianas que daban a la calle. Algo se lo impedía, pero no le dio mayor importancia. Ya se ocuparía después. Recogió las cartas, folletos y hojas parroquiales del recibidor y miró hacia su derecha. Aquella habitación, presidida por una talla en madera del Corazón de Jesús y dos imágenes de la virgen (la del Carmen y la del Perpetuo Socorro) aún le observaba con malicia. No quería entrar. No tenía ganas de vaciar armarios, de tirar muebles, de doblar cantidades sobrehumanas de toallas compradas años antes durante un brevísimo viaje a Portugal, del que Sebastián apenas recordaba el camino de ida.

En la mesilla de noche, una pequeña figura de la virgen de Fátima mutaba el color de su manto casi por obra divina. Rosa si se avecinaba el agua, azul si el sol tenía pensado brillar. A su lado, un marco con una fotografía a la que el paso del tiempo había desprovisto de rectitud. Era la primera vez que sus padres le miraban como si no lo conocieran, como si fuera un extraño. Una visita a la que servir café y perrunillas.

Sebastián se sentó en la cama. Solo se escuchaba el silencio. El frío atenazaba su piel. No había traído abrigo suficiente. Miró de nuevo aquella foto de sus padres. La quietud era insoportable. Cogió el portafotos con ambas manos, limpió el cristal con una manga y les dio un beso a través de aquel cristal. Sebastián cerró los ojos. Al fin, su alma encontró el eterno y ansiado descanso.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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