‘Lawrence de Arabia’, ‘El puente sobre el río Kwai’ son algunas de sus más grandes películas. ¿Pero qué hubo antes de sus megalómanas producciones? Nos detenemos en la figura de maestro británico David Lean.

En este periodo de cuarentena, he decidido ponerme a hacer un ejercicio de completismo. Si bien es una palabra cuya ausencia en el diccionario normativo de la lengua castellana resulta flagrante, viene como anillo al dedo en esos momentos en los que merece la pena sentarse ante las posibilidades que brindan distintas plataformas de vídeo en streaming y completar filmografías como ejercicio analítico e historiográfico.

Después de hacerlo con directores (he de reconocer mi filia con los realizadores, con todo lo que hay tras la cámara) como Ridley Scott, Roman Polanski o Billy Wilder tocaba ponerse con uno de esos clásicos a los que el tiempo solo me había acercado a tres o cuatro títulos dejando de lado el resto de su filmografía. Era el momento de David Lean. Solo había tenido oportunidad de ver sus películas más conocidas: Lawrence de Arabia, El puente sobre el río Kwai y Doctor Zhivago. Todas ellas en distintos periodos de mi juventud y postrándome ante su duración cuando mi conocimiento cinematográfico era más bien escaso.

Un periodo de información previa no venía nada mal. Tras consultar ingentes páginas en internet con valiosísima información sobre su figura así como manuales más al detalle (David Lean. Ramón Moreno Cantero. Ed. Cátedra. Col. Signo e Imagen. 1993) que describían lo necesario antes de ponerse a vislumbrar las virtudes del realizador británico el ánimo estaba por las nubes. Por si fuera poco, la plataforma Filmin es la única que no falla en momentos de duda y debía cerciorarme de que tenía que encontrar las obras clásicas en algún lugar. Para mi regocijo, Filmin posee un amplio catálogo del primer cine de Lean y era cuestión de minutos situarme frente al televisor a contemplar qué me tenía preparado uno de los cineastas más importantes del pasado siglo.

El ejercicio debía comenzar a sabiendas de la relación profesional que se establecía entre el triángulo David Lean-Noël Coward-Ronald Neame.La simbiosis que nacía de los tres nombres daban lugar a una filmografía que llegó hasta Breve encuentro (1945) y tras la que, posteriormente, cada uno decidió volar en solitario (al menos en lo que a la vinculación con Coward se refería). Noël Coward, un autor importante en términos artísticos, era el encargado de adaptar para la pantalla sus propias obras, en connivencia con Lean y Neame en labores de dirección y fotografía, respectivamente. Nótese el pequeño matiz que preparan los títulos de crédito hasta la película anteriormente mencionada. Normalmente, los títulos de inicio culminan cuando en pantalla aparece el Directed by dando lugar a la predisposición del espectador a situarse ante una película de tal o cual director, entendiendo (en el mejor de los casos a qué se está enfrentando). En esta ocasión, el último en aparecer era Coward, tras un enormérrimo Produced by, guardándose a sí mismo un porcentaje altísimo de la atención que debía prestarse a la película. Las cintas producidas en este periodo primigenio eran por tanto películas de Noël Coward, no de David Lean.

Lo cual no advierte que sean obras de una incuestionable factura técnica. Sangre, sudor y lágrimas (1942) se sitúa como una película de debut (lo llamaremos así puesto que Mayor Barbara (1941) está dirigida a tres manos entre Gabriel Pascal, Harold French y el propio Lean, que hizo las veces de montador) lo suficientemente notable como para servir a sus propósitos cinematográficos. Una película propagandística destinada especialmente a cumplir el cupo de homenaje a la Marina británica en tiempos de guerra. Construida en base a flashbacks que van desvelando los momentos más importantes de la vida de aquellos marinos víctimas del hundimiento de su barco, David Lean y Noël Coward van destapando a sus personajes ensalzándolos en divisas de coraje, honor y valentía.

Su segundo largometraje, La vida manda (1944), sitúa al espectador frente a un retrato de familia en el transcurso de veinte años. Entre 1919 y 1939, es decir, la fecha en que la Primera Guerra Mundial llega a su fin y el año en que media Europa cae en manos de una Alemania sedienta de venganza y dispuesta a llevarse lo que fuera por delante con tal de conseguir sus propósitos expansionistas. En este contexto somos testigos de otra adaptación de Coward comandada por Celia Johnson, Robert Newton o un habitual de este primer cine de Lean: John Mills. Hay un instante que vale por la película en su totalidad. El joven primogénito del matrimonio protagonista ha sufrido un accidente. En un pequeño salón se sitúan la abuela y una tía del joven. Alguien llega a la casa y comunica la noticia a las dos habitantes de la estancia. El plano permanece fijo mientra son los gestos los que fluyen. Fuera, en un jardin exterior, se hallan los padres. Completamente fuera de campo. La abuela y la tía desaparecen hacia sus aposentos. El plano continúa fijo. De repente, la portadora de la noticia sale a buscar a los padres para comunicarles la singularidad a la que se enfrentan y la cámara inicia, en completo silencio, un movimiento hacia la derecha. Un travelling en el que no acertamos a ver sino la puerta que cruza al jardín. Con tal sutil movimiento, la familia ha quedado sumida en la más absoluta incertidumbre.

El espíritu burlón, prácticamente la única comedia que David Lean dirigió en su carrera, adapta una obra de Coward escrita en 1941 que parece asemejarse con sospechosa maestría a Un marido de ida y vuelta, una de las obras más singulares de Enrique Jardiel Poncela (1939). Algo así como que Chaplin usara La violetera en Luces de la ciudad y decidiera callárselo. Pero ese es otro charco en el que no tengo intención de chapotear lo más mínimo. En fin, que El espíritu burlón (1945) se acoge a esa rara avis de obra que no adquiere la condición de típica en la carrera de su director. Una película mágica, fantasmagórica, asombrosamente simpática y realizada con un buen gusto inconmensurable. El maquillaje y diseño de vestuario al que se enfrenta Kay Hammond acompaña la técnica con la que Lean identifica el espectro ectoplasmático de tono verdoso que representa esa Elvira fallecida, terror de quien habita una casa en la que lo que menos importa ya es el amor que se puedan profesar el matrimonio entre Rex Harrison y Constance Cummings sino cómo llevará a cabo Margaret Rutherford las sesiones de espiritismo necesarias como para devolverle a los personajes protagonistas sus estados de ánimo anteriores al suceso que desencadena tan deliciosa película.

Mismo año, distintas intenciones. Breve encuentro (1945) era una de esas películas que siempre acababan en esas listas de tareas cuyo único fin es seguir engrosándose y no provocar reacción alguna salvo la única posible: la angustia. Pero nunca tenía el tiempo, la oportunidad o las ganas de ponerme ante ella. Hoy, el día que escribo estas mismas líneas, es cuando la pereza ha sucumbido ante el interés. Y me arrepiento enormemente. Me hallo decepcionado conmigo mismo de no haber visto esta obra particularmente triste a la par que valiente en un momento anterior de mi vida. Y pensar que Los puentes de Madison era mi referente del amor imposible. David Lean retrata una relación prohibida entre dos personas volviendo a usar el recurso del flashback. La diferencia con el uso que de ello hacía en Sangre, sudor y lágrimas es que ahora es la mujer protagonista la que narra (en una de esas veces en que la voz en off es un recurso imprescindible y necesario) en un relato de confesión imaginado a su marido los encuentros con ese hombre cuyo amor idealiza hasta extremos que conducen hasta lo más profundo del sentir. Y duele. Vaya si duele.

Se trata de la última película que realizará basándose en un relato de Noël Coward, siendo por tanto la última en la que su nombre aparecerá justo antes del gran protagonista de la producción. Una película sencilla en apariencia pero perfecta en ejecución. Dos intérpretes bastan para crear una de las historias de amor más bellas que el cine ha visto jamás. Una estación de tren, una carta sin escribir, dos miradas que se buscan, una mano en el hombro antes de partir. Una pieza de piano que resuena cuando más se la necesita, cuando lo más oscuro atenaza el vivir, cuando la mentira sobrevive a la verdad. Cuando el amor vence tras un crucigrama sin resolver.

Una vez que David Lean se liberó de la relación profesional con Coward (no así de Neame, con quien siguió colaborando hasta Oliver Twist) decidió jugar sobre seguro. De Coward a Dickens. Nada podía salir mal. Y efectivamente, la adaptación de Grandes esperanzas resulta todo lo satisfactoria que cabría esperar. Lean consigue en Cadenas rotas (1946) una puesta en escena absolutamente depurada, con la suficiencia de un maestro que adapta a otro maestro. Con la mirada de John Mills y la primera aparición de Alec Guinness en una película de Lean, el cineasta va desvelando la historia de Pip y sus aventuras en un Londres que le es extraño por naturaleza pero que va desvelando sus entresijos mientras el joven va creciendo en un mundo que alguien ha preparado para él. Lean convierte tan magistral propuesta en una de sus mejores películas, lo cual es decir poco teniendo en cuenta el material del que disponemos y lo que queda por llegar.

Filmografía relacionada en este artículo:

Sangre, sudor y lágrimas (1942)

La vida manda (1944)

Un espíritu burlón (1945)

Breve encuentro (1945)

Cadenas rotas (1946)

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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