Continuamos repasando los primeros títulos de la filmografía del cineasta británico. Charles Dickens, Katharine Hepburn, Ann Todd y Charles Laughton serán los protagonistas de esta segunda entrega.

Si Cadenas rotas era una adaptación formal de Grandes esperanzas, una de las novelas más importantes que definen a Charles Dickens, sacrosanto de las letras inglesas, ahora llegaba el turno de Oliver Twist (1948). En ella, David Lean volvía a jugar sus cartas, trabajaba en una adaptación junto a Stanley Nelson (con quien establecerá una relación profesional para sus próximos proyectos) y hacía retornar a Robert Newton y Alec Guinness para los papeles principales de la película.

Así, Oliver Twist va desarrollando (desde un prólogo silente, solo observando el devenir de la actriz que desencadena los acontecimientos) con maestría una arquitectura de planos que van desde una cierta y a la vez notable remembranza hacia el expresionismo, desplegando un uso de los claroscuros en consonancia con la imagen que de Twist va construyendo el director, hasta el drama inglés más canónico auspiciado por las letras del autor británico.

Tras dos adaptaciones que calificaríamos de canónicas, llegaría 1949. Y con él, su tercer matrimonio. Ann Todd sería capital para entender las tres próximas películas de David Lean: Amigos apasionados (1949), Madeleine (1950) y La barrera del sonido (1952). La unión entre ambos se prolongó hasta 1957 y coincide con un periodo de búsqueda de la narración romántica más al uso que la mostrada en su masterpiece tratada en el primero de esta serie de artículos. Amigos apasionados vuelve a usar determinados soportes que defendían el esquema de Breve encuentro (flashbacks, narración en femenino, planteamiento de adulterio) aunque con una historia algo menos consistente basada esta vez en la novela homónima de H.G. Wells adaptada para la ocasión por Eric Ambler, quien ya trabajó en la adaptación de Oliver Twist sin crédito. La ecuación vuelve a incluir a Trevor Howard e introduce el factor Claude Rains, uno de esos actores con el magnetismo impreso en el rostro. Durante la película le acompañamos (no siempre en primer plano) en busca de su esposa, quien recupera las llamas de un amor de juventud mientras él espera al calor del fuego de su chimenea. Ni con esas, la película logra mantener un nivel que la haga equiparable a la posición que ocupan el resto en consideración con la totalidad de su filmografía.

Con posterioridad a Amigos apasionados y siguiendo la estela de lo que duró su matrimonio con Ann Todd, el tríptico con la actriz finalizaría en La barrera del sonido. Pero como pilar central de estas tres obras se sitúa Madeleine (1950). Se trata de una pequeña obra maestra camuflada entre sus grandes títulos y las películas con Noël Coward, una película que no esconde el querer ser parte de la historia del cine de suspense usando las mismas armas que otros cineastas bien loados por el tiempo han lanzado a los altares. Una taza de cacao, una llave, miradas que no conducen (aparentemente) a ningún lugar sirven para preparar el terreno de una película que despliega una adaptación de una historia real, la de la socialité escocesa Madeleine Hamilton Smith, acusada del asesinato de su amante mediante el uso de arsénico. Todo ello en la época en que tal sustancia se utilizaba con fines cosméticos. Conocer cualquier detalle de la trama sin dejarse llevar por la maestría de Lean en esta ocasión sería todo un desperdicio y una falta de respeto a un potencial espectador.

Ya en La barrera del sonido (1952) la puesta en escena vuelve a ser correctísima, propia de un maestro del cine. Pero adolece en la temática tratada. El interés que pueda tener, en un ámbito puramente subjetivo, la lucha de los ingenieros aeroespaciales por superar esa barrera omnipresente que alberga el viaje a 1234 km/h. que realiza el sonido es bastante escaso. Hay sobriedad, pulcritud, objetividad y una sensación de estar ante algo que, a pesar de no explayar mayor interés del necesario, no carece del suficiente interés como para seguirlo. El trabajo de Ann Todd, Ralph Richardson y de Nigel Patrick edifica sobre sus rostros la querencia de Lean por solventar un trabajo que, a primera vista, no cabría identificarse como una de sus mejores obras. Aquí, abandona a sus colaboradores habituales y aparece el dramaturgo Terence Rattigan (Mesas separadas, The Deep Blue Sea) como guionista y conocerá a uno de sus directores de fotografía de cabecera: Jack Hildyard, por definición también uno de los operadores más importantes de la segunda mitad del siglo XX, ganando incluso el Oscar por su trabajo en El puente sobre el río Kwai.

Con El déspota (1953) vuelve a trabajar términos más cercanos a la comedia, por los que no transitaba desde El espíritu burlón (a la que hicimos mención en el artículo anterior de esta serie). Para ello escoge a uno de esos actores a los que lo imposible se les convertía en magnética sencillez. Hablamos de una figura esencial para comprender el cine británico de la primera mitad del siglo XX: Charles Laughton. Aquel de quien el mismísimo Hitchcock, mira quien fue a hablar, dijo aquello de “nunca trabajes ni con niños, ni con animales ni con Charles Laughton.” Le dijo la sartén al cazo.

Con esta película queda demostrado que, aun no siendo un género en el que guste profundizar sino más bien permanecer en una cómoda superficie, David Lean se desenvuelve con soltura. Con un guion del propio Lean y el regreso de uno de sus guionistas y productores de cabecera, Norman Spencer, la película adapta una obra teatral de Harold Brighouse escrita en 1916 sobre un comerciante de zapatos con gusto por el buen beber, el exquisito comer, machista y poderosamente insoportable que tiene que lidiar, en cierto momento, con diversos desafíos que le harán plantearse lo desgraciado que es pese a tenerlo todo.

Como broche final a una etapa, claramente diferenciada de todo lo que vendrá después, David Lean volvió al color (que no usaba desde Un espíritu burlón) para trabajar junto a una de las más grandes damas de la interpretación: Katharine Hepburn. Locuras de verano (1955) supone también volver a trabajar con Jack Hildyard tras La barrera del sonido como precursor de aquello que pretenderán conseguir de cara a futuro. El Technicolor volverá a ser parte integrante del interés paisajístico de ambos. La película se sitúa en Venecia y vuelve a mostrar aquello que siempre pareció obsesionar a Lean: los amores imposibles. Hepburn y Rossano Brazzi ponen de manifiesto ese sentir del director por las historias en las que los protagonistas se hallan inmersos en amores o matrimonios que no les corresponden, que no desean y cuyas vidas se dibujan constantemente ubicándose en un universo personal distinto a todo lo que conocen.

Pese a todo, la adaptación de la obra The Time of the Cuckoo (Arthur Laurents, 1952) que hacen Lean y el guionista H. E. Bates (poco prolífico en cine y fundamentalmente dedicado a la televisión) resulta harto insuficiente. No es una película que destaque más que en instantes puntuales, casi todos proviniendo del rostro de Katharine Hepburn interpretando (con intensidad, eso sí) el comienzo y fin de un romance del que todo sabemos incluso antes de comenzar la proyección.

A partir de ahora, todo se escribirá en letras mayúsculas. Pocas veces un director de cine consigue separar dos etapas de su carrera con tanta fiereza como David Lean. Una tercera parte de esta serie de artículos nos introducirá en el periodo que comienza en 1957 y que ya supondrá el espacio de tiempo entre películas que nos llevará hasta 1984, cuando Pasaje a la India dé por finalizada la trayectoria de un cineasta inconmensurable.

Filmografía referida en ese artículo:

Oliver Twist (1948)

Amigos apasionados (1949)

Madeleine (1950)

La barrera del sonido (1952)

El déspota (1953)

Locuras de verano (1955)

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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