La editorial Capitán Swing publica las memorias del ex jugador de baloncesto Craig Hodges, donde repasa su trayectoria profesional y su labor como activista en el entorno hostil de la NBA.

Michael [Jordan] estaba lejos de ser el mejor triplista de la liga, pero pensaba que podía ganarlo todo.”

Quizá esta sentencia, pronunciada por Craig Hodges en el último tercio de la suerte de biografía que repasa y analiza su propia vida, las afectaciones en su trayectoria profesional y el marcado carácter combativo de sus acciones, sirva como pieza fundamental para comprender la relación que se estableció entre el astro de la NBA, Michael Jordan, y el resto de los que le siguieron.

Netflix estrenaba este 2020 un documental de trasfondo deportivo, con intenciones hagiográficas y con planteamiento de thriller sobre aquello que rodeaba a la figura de Jordan en los Chicago Bulls. Incluido a sus compañeros de equipo. Hay declaraciones de Pippen, Rodman, Kerr y de algunos rivales que se enfrentaron, ahora ya en clave casi cómica, al que es considerado como el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos. Pero la ausencia, casi ominosa, de Craig Hodges lleva a plantearse los diferentes vericuetos en los que Air no quiso (pero debió) entrar cuando las posibilidades de cambiar la perspectiva que se tenía de las cuestiones de raza comenzaban a asfixiar sobremanera al mundo del deporte.

Hodges, en este libro co-escrito junto a Rory Fanning titulado Tiro de larga distancia y que edita Capitán Swing, se detiene en el instante en que Tommie Smith y John Carlos constituyeron una de las fotografías más icónicas sobre la lucha por los derechos civiles en mitad de los Juegos Olímpicos de México 1968. A raíz de aquella imagen, Hodges va exponiendo de manera directa los lugares por donde pasó su niñez, todo aquello que observó en la edad en que se puede aprender aún de lo que se expone ante nuestros ojos. Hace un humilde repaso a su etapa como jugador, a cómo desarrolló sus habilidades y a cómo encontró la derrota entre tantos nombres propios (Bird, Miller, Ehlo…). También ajusta cuentas con su familia, con las tinieblas de su primer matrimonio. Y, sobre todo ello, observa cómo se pueden identificar las injusticias y luchar contra ellas. Incluso como hay muros infranqueables que hay que destrozar a base de golpes. La carta (sin respuesta) que le remitió al presidente George Bush, al primero de su nombre, es prueba fehaciente de esa imposibilidad.

Hodges y Fanning ejemplifican que la aparente insignificancia de un gesto puede resultar importante para la lucha a favor de una comunidad, contra una opresión y que es imprescindible ejercer esos mínimos gestos para lograr un equilibrio deseado. Y es ahí donde alguien como Jordan, en calidad de cabeza visible de la NBA en aquellos días, falló con estrépito. La ausencia de implicación de aquellos que tenían visibilidad fue un elemento desestabilizador que favoreció el que todo siguiera igual. O peor, como se ha visto en estos últimos meses. Léase la evasiva que le lanza Jordan a Hodges en un homenaje a Luther King, por ejemplo. “Estas cosas son de las tuyas, no mías.”

Tampoco Hodges parece guardar especial inquina a Jordan (y a su cohorte). Pero detrás de las líneas de esta autobiografía se esconde que el ansia por ganarlo todo no debe esconder el querer luchar por los tuyos. El dinero, la gloria, los anillos. La fama. Muy posiblemente todo eso caiga en manos del olvido. Pero, si algo se debe aprender del testimonio de Craig Hodges es que, en la vida, ganarlo todo no significa perderse uno mismo.

“Relating a person to the whole world: that’s the meaning of cinema”. (Andrei Tarkovsky)

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